Número 4

 

                                    Mosaico del siglo VI del emperador Justiniano y su corte en la Basílica de San Vital en Rávena.


Volvió a colgar el teléfono.

 

Era el quinto intento ese día, estaba empezando a preocuparse. No era normal en ella, era una mujer independiente y de su tiempo, pero que no diera señales de vida a su novio en dos días, le preocupaba bastante. No era su forma de ser.

Se había despedido de ella hace dos días, la había dejado antes de su habitual rato de carrera continua.  A él no le gustaba en exceso, y más, tal y como estaba el tiempo, siempre de noche, la gente alterada, pero ya habían tenido una gran discusión y no quería ahondar más en la polémica.

A la mañana siguiente, la había llamado para desearle suerte en su reunión, sabía que era muy importante para ella. Y entonces, había empezado a preocuparle que el móvil sonara y sonara. Ahora, un día después, la excusa autoinducida del olvido del móvil, no le convencía. Más bien, le preocupaba.

Volvió a encenderse un cigarro, parecía que el hacer circular el humo por su cuerpo le aclarase las ideas, le ayudase a pensar más rápido. Se sentó en su sofá, contemplando la foto de los dos juntos en la playa, en su último viaje. No pudo evitar recordar como fue la primera vez que la vio.

La había conocido hacía 2 años, antes de la oscuridad. Él era becario en el departamento de Arqueología de la Universidad de Salamanca. Había terminado la carrera de Historia y, tristemente, se había dado cuenta que no iba a tener trabajo fuera de la Universidad. Con suerte y sus notas, consiguió el típico trabajo de currito-investigador de un viejo carcamal que llevaba el oscuro departamento de arte visigótico.

Tras dos años de trabajar para el viejo, había conseguido por primera vez hacer algo de trabajo de campo. Tenía que ir a examinar unas ruinas que habían aparecido en la excavación de la ampliación de un hotel. Probablemente fueran restos de los restos de alguna antigua villa romana, pero probablemente no fueran más que los cimientos de una antigua casa.

Se trasladó a un pequeño pueblo perdido de la provincia de Soria, por supuesto, con su coche, y llegó al anochecer de un frío día de otoño. Se hospedó en el mismo hotel del hallazgo, un alojamiento rural de nueva creación, surgido mediante las ayudas a fondo perdido de la Comunidad Europea.

Le atendió el propietario, un hombre bajito y rechoncho, con un divertido mechón de pelo rebelde en su calva. Le dijo que había otro cliente en el hotel, que la cena sería a las 21:30 horas, ya que al ser tan pocos cenarían todos juntos, y que cocinaría su mujer. Le mostró su habitación y le dejó tranquilo.

La habitación le recordó a la vieja casa de su abuela. Una vetusta cama con una jofaina de agua al lado era toda la decoración. Siempre había pensado que los hoteles rurales cuidaban al esmero la decoración, pero esta, era en exceso espartana. La verdad es que la Universidad no se lo había currado mucho, pero bueno, por lo menos había abandonado ese polvoriento zulo donde trabajaba.

Deshizo su pequeña maleta de viaje, principalmente sacó el pijama y el cepillo de dientes. Se volvió a abrigar y salió a conocer el pueblo. Todavía le quedaban un par de horas hasta la cena, y no era cuestión se quedarse tumbado en la cama.

Del pequeño pueblo lo que más llamaba la atención era la pequeña iglesia Románica, vapuleada por los años y saqueada por los curas rurales en los años posteriores a la Guerra Civil. Lo único reseñable de ella era la entrada, un pórtico tallado con extrañas figuras demoníacas.

Según la pequeña descripción que ponía a la entrada, en un atril de madera, colocado por la Junta de turismo de Soria, el pórtico dignificaba la figura del obispo que había mandado construir aquella iglesia. La cita, escrita probablemente por algún compañero suyo, en el formato de “tiene usted que resumir todo esto en 20 palabras”, no era más que una pueril interpretación de lo que allí se mostraba.

Se acercó a la Iglesia y se embelesó examinando las tallas, estaban comidas por el viento y la lluvia, sucias por culpa de los pájaros, pero aún así, mantenían esa rigidez tenebrosa, esa sobriedad mística de todas las figuras del románico.

Se alternaban a cada lado del pórtico dos composiciones, en el lado derecho, animales fantasmagóricos, criaturas deformes, con expresión feroz, hambrienta,  elefantes con cabeza de lobo, cocodrilos con pies de cabra, extrañas gárgolas que parecían una mezcla entre murciélagos y pelícanos, criaturas fruto de esa imaginación febril, presa del miedo inducido por el desconocimiento del mundo, por esa cultura del miedo creada por nobles y clero.

Por el lado izquierdo, los demonios. Grandes caras amenazantes con puntiagudos colmillos, narices chatas, brazos acabados en una sola uña como un garfio. Seres vagamente antropomórficos, en posturas belicosas. Postra grotescas que reflejaban odio, reflejaban muerte...

Todas estas figuras parecían rodear a un pequeño grupo en el que se podía distinguir a un cura y a unos hombres armados. En contraposición al resto del conjunto, todos parecían serenos, incluso parecía que recogidos en oración, tranquilos y en paz.

Extraño pórtico, ¿verdad? – Exclamó una voz sacándole de sus ensoñaciones.

Era una voz dulce pero segura, un voz cálida y sugerente, que denotaba determinación y control de si misma. La típica voz que solía llevar el mando en las reuniones, que te “ponía firmes” al darte una orden, pero que te derretía cuando te decía algo íntimo al oído.

Rápidamente se giró para ponerle rostro a la voz. Lo primero que vio, fue una melena rubia movida por el viento, el pelo le llegaba hasta los hombros, pero se movía libremente tapándole la cara. Iba embutida en un grueso abrigo que no le hacía justicia, pues le cubría todo el cuerpo. Cuando el viento dejó de soplar, pudo observar su rostro. Unos ojos inteligentes estaban esperando una respuesta que evaluarían consecuentemente, unos labios sensuales estaban torcidos en una graciosa mueca, mezcla de frío y de decepción por la tardanza en la respuesta.

¿Eres de aquí?, ¿entiendes mi idioma? – Volvió a preguntar ella.

Eeee , estoooo, sí, perdona,  es que ... me he quedado sorprendido al verte – Contestó él azoradamente.


La mueca de la cara de ella, en ese momento, cambió a un estado intermedio entre la sorpresa ante una respuesta tan absurda y la diversión, por el efecto turbado que había producido en el joven.

No, bueno, es que.. Quería decir que..., no, no, no me malinterpretes... yo estaba... ,no es que no me sorprendas eres muy... pero es que estaba mirando ... las figuras....

Empezó a  sentir el calor de la vergüenza extendiéndose por su cuerpo, nunca había sido muy hábil con las mujeres, el don de la palabra ante ellas no era lo suyo, él era hombre de libros, de ensoñaciones y ella le estaba turbando.

 

La cara de ella era un poema, poco a poco iba cambiando hacia la risa, una sonrisa se dibujó en su rostro, al ver el apuro del chico. Se sentía culpable por ser la causante de esa tartamudez, pero era una culpa gustosa, egoístamente deliciosa.

Tranquilo, creo te he asustado – dijo ella con tono divertido y tranquilizador mientras le tendía la mano.

Me llamo Eva.

Yo, José, balbució él.

José era un chico alto, le había llamado la atención cuando había pasado frente a la iglesia y lo había visto absorto contemplando el pórtico. No sabía si le había llamado más la atención el ver una persona mirando el pórtico, o su desmadejada manera de vestir.

Llevaba un plumas, a todas luces viejo, que le quedaba ya un poco pequeño y pedía una jubilación cuanto antes, por debajo de él, sobresalía un jersey de lana , que parecía tejido por su madre o su abuela, y unos vaqueros Levi’s de los que se estilaban hacía 10 años.

El conjunto lo remataba una cabeza cubierta por un enmarañado pelo negro, que no parecía haber conocido un peine en su vida, su rostro estaba oculto por una barba de 3 días descuidada, la barba, de quien vive en un mundo en el que el aspecto físico no es importante.

Por último, miró sus ojos, en ellos pudo observar un pozo de dudas, un abismo de temores sin fundamento, pero también, una profunda pasión, una terrible fuerza interior.

Unos meses más tarde se lo confesaría, pero desde ese momento, Eva, supo que esos ojos y ese hombre iban a  ser importantes para ella.

Bueno José, ¿qué opinas del pórtico? – Dijo ella insinuante y curiosa.

Es un estilo curioso, no es el sobrio románico visigótico español, tiene demasiados detalles, yo incluso, me atrevería a arriesgar que tiene influencias Bizantinas, pero eso es imposible. Ya sabrás que... O, vaya, perdona, ya estoy dando una clase de historia, es que..

La risa de ella le paró la frase.

Eres un personaje curioso, tienes miedo de demostrar lo que sabes. Además, sí que se a que te refieres, los Visigodos y los Bizantinos estuvieron en guerra hasta casi el año 700, cuando los Visigodos consiguieron conquistar, al fin toda la península, poco les duró la alegría...

La cara de sorpresa de José sólo era comparable a la de superioridad de Eva, le había engañado completamente. Su gesto de incredulidad permaneció en su cara durante varios segundos, hasta que Eva volvió a retomar la palabra.

¿Qué pasa?, que nunca has conocido a una mujer que conozca historia de España.

Esa respuesta, consiguió volver la cara de José otra vez de un color rojo vergüenza intenso, con la consecuente risa de ella.

Bueno, te contaré un secreto – volvió a hablar Eva. Pertenezco a una empresa multinacional, y he venido a este apartado pueblo a preparar un congreso, podríamos decir, que un retiro espiritual para altos directivos. Y en esa tarea incluye organizar visitas culturales, etnológicas, etc.

Con respecto a este pórtico se cuenta en el pueblo una vieja leyenda, según los más viejos, esta iglesia está colocada sobre una de las bocas del infierno. Vamos, si yo viviese en el siglo VII y a algún demente escultor le diera por esculpir eso en mi casa, todo el mundo pensaría que yo era el mismísimo diablo.

La risa de los dos, al unísono, rompió por un momento la lúgubre tristeza del lugar, parecía surgir un poco de calor donde antes sólo azotaba el frío viento. 

Bueno, cuéntame José, tú que haces aquí.

Bueno, yo soy Arqueólogo, becario y me han mandado a datar unas ruinas que han aparecido en el hotel. He llegado hace un rato y he salido a conocer un poco el entorno.

Veo que eres todo un profesional de tu trabajo – Respondió Eva.

Y tú del tuyo – Respondió José.

Vaya, ya has perdido la timidez, eso me gusta.

Así transcurrió la tarde, entre agudos comentarios de Eva y torpes defensas de José, hasta que decidieron volver al hotel y tomarse un café caliente.

El restaurante del hotel, si se le podía llamar así, era una estancia sucia y destartalada que además era el único bar del pueblo. La impresión al entrar en él, era la de llegar a un nuevo mundo, una oscura barrera de humo, que se podía cortar con cuchillo, traía los duros aromas del ducados, del farias y del caliqueño casero. El suelo, pegajoso, parecía que no quisiera dejarte entrar. El volumen de las conversaciones, enfrascadas en el deporte nacional, el mus, bajó de repente un instante al entrar ellos, para luego, si acaso, volver los órdagos y los envites con más fuerza.

Se sentaron en una pequeña mesa de madera en la esquina, José se acercó a la barra y pidió dos cafés con leche. El posadero lo miró con cara asustada, no había máquina de café, tendrían que conformarse con un descafeinado de sobre.

Acompañaron la humeante imitación de café con el humo gris del tabaco, José fumaba Fortuna, Eva.. Malrboro, hasta en eso cada uno denotaba su distinta posición social.

José se sentía a gusto con ella, aunque suavemente le aguijoneaba con su ingenio, dejándolo constantemente en un estado de duda, sentía la emoción de estar librando un duelo mental con alguien que parecía comprenderle perfectamente.

Sin prisa, pero sin pausa, sin intención, pero sin remordimiento, se contaron cada uno su vida. A José, de naturaleza tímido, no le costó reconocer su soltería y su poca experiencia con las mujeres (poca pero intensa, quiso puntualizar). Eva, también estaba soltera, pero porque quería, y eso para él, no le sonó a fanfarronada, pues sabía y estaba comprobando, que podría tener al hombre que quisiese, se notaba que sabía manejarlos.

Tras estas intimidades y algunas otras, José no podía dejar de mirar furtivamente los ojos verdes de Eva, sus carnosos labios, la forma graciosa que hacían sus dientes al sonreír, los hoyuelos de su cara. Tenía ganas de apartarle el mechón rebelde que a veces le caía sobre la cara, tenía ganas de acariciar la suave piel de su largo cuello blanco. De hecho, se estaba dando cuenta que la deseaba.

Ni siquiera pudo dejar de pensar en ella cuando fueron invitados a la casa de los propietarios a cenar. La sensación de estar los cuatro sentados a la mesa, formando una cruz, como si fueran dos parejas, le confería una sensación de gusto. El recordar que no lo eran, le provocaba una amarga quemazón. Por ello, no dejo de beber vino durante la cena, quizá demasiado.

Quizás por efecto de ese vino, cuando camino a las habitaciones, una vez terminada la cena, ella le tomó de la mano, no se sintió tan turbado como debiera.

Se sintió volar cuando en la puerta de la habitación, ella le acercó de un suave empujón y le besó tiernamente la boca, solamente los labios besándose, saboreándose, sintiéndose.

Después del primer beso, dulce y sentido, una profunda mirada entre los dos, internándose en el vacío de los ojos de cada uno, dio paso a otro beso, mucho más pasional y lujurioso. Primero las bocas se unieron otra vez, labio con labio, luego los labios comenzaron a superponerse uno sobre otro, a morderse, a comerse, la lengua de ella entro un poco en su boca, y se entretuvo jugando con su lengua, para luego recorrer sus labios saboreándolo. Luego comenzó a besarlo desesperadamente hasta llegar a su oreja, donde, juguetona, se entretuvo mordiéndole suavemente el lóbulo, y despertó su erección al introducirle la lengua en la oreja.

Se separaron, abrieron la puerta de la habitación sin dejar de mirarse, y la cerraron de una patada mientras, de nuevo abrazados, y presas de la pasión, se dirigían a la cama. En ella aterrizaron, ella bajo él.

José, presa de la pasión que hace hervir la sangre de los hombres cuando están excitados, comenzó a besar alocadamente a Eva, la besaba en el pelo, la besaba en el cuello, bebía de sus labios. Era un torbellino, quería besar todo su cuerpo a la vez y no podía.

Ella, suavemente lo apartó, lo miró a los ojos y le dijo “para, para, tranquilo”.

Él, como un animal furioso y herido, la miraba resoplando.

“Tranquilo, poco a poco, tenemos toda la noche, no tienes que ganar ninguna carrera...”- Volvió a hablar Eva, con ese tono que es mezcla de excitación y expectación.

Volvió ella a juntar los labios con los de él, con ternura, con pasión controlada. Él le devolvía los besos, amoldándose a su ritmo, sosegando su ardor pasional, pero almacenando toda la lujuria en su interior. Sin darse cuenta, mientras se besaban sus manos iban recorriendo sus cuerpos, José jugaba con el pelo de Eva, ella recorría su espalda con las manos.

Estaban tumbados en la cama, uno frente a otro, besándose sin parar, el mundo parecía haberse detenido a su alrededor. Sus bocas parecían no secarse nunca, ardientes de deseo de ser compartidas.

José se descubrió a si mismo besando el vientre plano de Eva, recorriendo con la lengua su ombligo, besando sus abdominales, saboreando su calor, mientras notaba que ella se arqueaba, guiándolo más arriba, hacia el comienzo de sus pechos.

Lentamente, le quitó la camiseta, quedando a su vista el increíble paisaje de sus senos, todavía protegidos por un bonito sujetador de color rojo, que si aún era posible, los realzaba más. Tenían el tamaño justo, ni grandes ni pequeños. Ella no le dio opción, quitándose el sujetador y evitándole a él, el torpe intento de hacerlo.

La visión superó con creces a lo que estaba imaginando, unos pezones sonrosados coronaban un pequeña aureola del mismo color. Como si de un niño pequeño hambriento se tratase, se lanzó a por ellos con fruición, comenzó a lamer el pezón derecho mientras con su mano izquierda amasaba el seno izquierdo. Un tacto suave y delicado, le hizo sentir que estaba tocando a una diosa.

Necesitaba volverla a besar, mil y una veces, mientras sus manos se seguían entreteniendo en los senos, bendita obsesión, los senos. Le encantaba ese tacto.

Mágicamente, sin él darse cuenta, ella volvió a tomar el control de la situación. Se sentó sobre él, y comenzó a besarle el cuello, sus manos comenzaron a desabrochar su camisa, lentamente, cada botón desabrochado, era una nueva conquista para la lengua de Eva, que se entretenía en su pecho. Ella también se divirtió lamiendo los pequeños pezones de José.

 Bajando cada vez más por el torso, llegó al ombligo, e hizo saltar de placer a José cuando se aventuró, tímidamente, a bajar un poco más.

José resoplaba, había dejado de tocar los senos de Eva, la sangre de su cuerpo ya no regaba su cerebro, regaba otra parte, parte que estaba en un titánica lucha contra la tela del pantalón vaquero. Parte que tenía vida propia.

Eva fue consciente de ello, al tiempo que miraba maliciosa y lascivamente a José, desabrochó con cuidado los botones del viejo Levi´s.

Automáticamente, como aquellos payasos del resorte, enfundado en un calzoncillo ya mojado por los líquidos pre seminales, fruto de la creciente excitación, apareció el pene de José. Eva lo miro con atención, no era una mirada lasciva, era una mirada escrutadora, como quien ve por primera vez a su hijo.

Tímidamente lo palpó, lo recorrió suavemente con un dedo mientras miraba a José, que cerraba los ojos. Con más confianza lo asió con toda la mano, encerrándolo en ella, sintiendo su calor, su fuerza, su palpitante excitación.

La cara de José mostraba un total abandono, una total pérdida de la consciencia en pos de un edén a punto de ser descubierto, las puertas de un paraíso se estaban abriendo para él.

Eva, suavemente terminó de quitarle el calzoncillo a José, dejándolo completamente desnudo frente a ella en la cama. Era curiosa la imagen de su pene, enhiesto y palpitante, subiendo y bajando como animándola a que lo tomase.

Con timidez, comenzó a besarlo. Mientras con una mano lo acariciaba por un lado, por el otro, suavemente, lo besaba lateralmente, subiendo, subiendo, haciendo que José se arquease, se retorciese de placer. Hasta que llegó a su roja cabeza. La besó, introduciéndola ligeramente entre sus labios, compartiendo su calor.

José gimió, esa suave calentura que había notado le había hecho traspasar definitivamente las puertas del paraíso, su abandono era total, no respiraba, no veía, no hablaba, sólo sentía.

Eva lo lamió suavemente, y mientras lo lamía como quien lame el cucurucho de un helado lo miró, y sus miradas se cruzaron. Para José fue el instante más excitante de su vida.

Eva notó que José iba a estallar y decidió dejar de proporcionarle esos especiales cuidados. Se notaba que estaba muy excitado, pero claro, ella no se quedaba atrás, también se notaba ardiente.

Fue una sorpresa para ella cuando José, la abrazó desde detrás, sus labios besaban su cuello, y sus manos amasaban sus senos, como si de un panadero con la masa se tratase. Apretaba con suavidad, mientras un dedo, juguetonamente, rozaba el pezón. Ella podía además notar su masculinidad apretando contra su pantalón. Era una situación de lo más excitante.

No notó como las manos de José bajaron y le desabrocharon el pantalón, fue consciente de cómo poco a poco fueron bajando por su vientre hasta el comienzo de la pequeña mata de vello púbico que tenía. Era una fina línea que parecía indicar una sola dirección, camino del placer.

Los dedos de José se entretuvieron jugando con el vello, hasta que tímidamente se aventuraron a bajar un poco más. Para ella siempre era un shock sentir una presencia en una zona tan íntima, pero esta vez, la estaba deseando, y prácticamente estaba facilitando el acceso.

José la tumbó boca abajo, con educación y ligereza le quitó el pantalón y las bragas, dejando ante su vista la visión más erótica que había tenido hasta entonces. El cuerpo de Eva tumbado, boca abajo, desnudo, sólo cubiertos los pies con unos calcetines.

Lentamente, regodeándose lascivamente en la visión, comenzó a besar su cuerpo, empezando desde los tobillos, fue subiendo por las piernas, lamió sus gemelos, entreteniéndose en el valle que es la unión con las rodillas. Continuó saboreando el calor de la parte interior de sus muslos. Eva, notando su cercanía abría poco a poco sus piernas para facilitarle el camino, humedeciéndose cada vez más, anticipándose al placer que se avecinaba.

Cambió de dirección, para mantener aún más, si era posible, el erotismo del momento, comenzó a besar, a morder, a lamer sus glúteos, a perderse por la suavidad de ese perfecto trasero, para luego besar con ternura los dos hoyuelos que se le formaban en la parte final de la espalda.

Continuó besando toda su espalda, y casi sin darse cuenta, estaba encima de ella besándole el cuello. En ese momento sus sexos, sin quererlo, estaban lo más cerca que habían estado nunca. Ese fue el detonante para dejar a un lado el placer y dar entrada a la pasión.

José se levantó, Eva se dio la vuelta y se mostró entera para él, estaba deseando ser parte de José y José no podía aguantar más para unirse a ella. Con ternura, acoplaron sus cuerpos, no hizo falta guía, atraído por la pasión, el pene de José encontró el camino al interior de Eva, lentamente comenzó a explorar esa nueva cavidad, húmeda y caliente, que ahora sentí como su nuevo hogar.

La cara de los dos fue extasiándose, la de José camino del placer más absoluto mientras se iba abriendo camino dentro de Eva. La de Eva, con esa mezcla de dolor y placer que es el recibir a un hombre, ojos cerrados, labio ligeramente mordido, ligero gemido...

Una vez completado el primer recorrido, comenzó la danza, el baile del placer, unidos, moviéndose al unísono, como si lo llevaran haciendo miles de veces, entablaron la lucha del sexo. Sus cuerpos fundidos en uno sólo se movían acompasadamente, facilitándose el uno al otro el movimiento.

Pronto todo pensamiento racional desapareció de la mente de José, sólo la parte irracional de su ser era la que tenía el control, con una única orden en su mente. Eva, mientras tanto, sentía las embestidas y las ayudaba, sus piernas se cerraban sobre el trasero de José, ayudándole a empujar, su cuerpo se arqueaba con cada embestida. Una ola iba creciendo en su interior, un pequeño punto de luz iba creciendo en la negrura de su abandono mental, un pequeño punto que se iba iluminando cada vez más, presagiando el maremoto del placer.

La frecuencia aumentó, la velocidad creció y la penetración fue máxima, la unión de los dos cuerpos era total, profunda. Ya no eran dos seres humanos, eran dos animales hambrientos de sexo.

En un momento todo explotó, una incontrolable sensación empezó a recorrer a José desde su más profundo interior, abriéndose camino hacia Eva, en la mente de Eva, la luz crecía hasta cegarla, hasta que explotaron a la vez, José vació todo su ser dentro de Eva, que recibió ese maremoto mental y físico en una misma y acompasada oleada de placer, haciéndola gemir salvajemente.

Durante unos segundos sólo surgieron sonidos animales de sus bocas, de sus sudorosos cuerpos. Después llegó el abatimiento, la vuelta a la realidad, la comprensión del ser amado frente a uno.

José se separó de Eva mientras la besaba, Eva, le correspondió besándole más profundamente, un beso ardiente, muestra de la felicidad de compartir. Se abrazaron, se juntaron... y así, unidos, los descubrió el sol del alba.

Bajaron juntos a desayunar, en contraste con el frío día de ayer, el de hoy había amanecido cálido y soleado, con ese sol que se agradece tanto en el otoño.

El desayuno consistió en manjares de la tierra, que ambos devoraron, hambrientos tras el esfuerzo de la noche anterior. Tostadas de pan casero, mermeladas caseras de fresa y melocotón, verdadera leche de vaca y un surtido de embutidos de pueblo, que Eva desistió de probar, pero que José devoró con ansia.

Cuando el hambre de José comenzaba a estar saciada, llamaron a la puerta. El rechoncho dueño del hotel se dirigió a abrirla, saludando con efusividad a los nuevos invitados. Dos figuras se recortaban en la sombra, una era una figura alta y delgada, la otra, parecía en forma un calco al posadero. Una vez entraron en la habitación pudieron distinguirse mejor las personas. La figura más pequeña, tal y como la presentaron, correspondía a Ernesto Torres, alcalde del pueblo, y a más señas, primo del dueño del hotel. La figura más alta, que ahora los escrutaba con ojos de halcón, correspondía al padre Eufemio Válquez, según comentó el alcalde, había sido enviado por la diócesis de Soria para dar también su opinión sobre las ruinas.

Parecía un personaje sacado de una novela antigua, José no recordaba haber visto a un cura vestido con sotana y alzacuellos en mucho tiempo. Se estrecharon la mano, y le sorprendió la fuerza y el vigor con que el cura se la apretó. Eva le saludó, y sorprendentemente, le beso la mano... definitivamente, ese era un hombre de otro tiempo.

La comitiva, después de as presentaciones se puso en marcha, encabezaba la marcha el hostelero, hablando animadamente con su primo, detrás Eufemio Válquez  y José. Eva dijo que acudiría más tarde. 

Preciosa y enigmática mujer – Fueron las primeras palabras del cura

La mujer es el mayor logro de la creación de Dios, es una alegría para nuestros ojos.. y una tentación para nuestros corazones – Volvió a hablar mientras una sonrisa cómplice había aparecido en el duro rostro del cura.

Entonces, eres Arqueólogo, ¿especialista en arte Visigodo? – Volvió a preguntar Eufemio, cambiando de nuevo la conversación.

Arqueólogo sí, especialista en Arte Visigodo... la verdad es que podríamos ser todos, hicieron muy poco, y lo realmente bello, o fue tomado de los romanos y acrecentado con piedras preciosas, o fue robado.... – Respondió José.

Buena observación, eran más tiempos guerreros que de paz. ¿qué esperas encontrar?

No creo que mucho – respondió José, quizás los cimientos de alguna villa o fortificación, poco más.

Quizás te sorprendas, ¿conoces la historia de este pueblo?

Se refiere usted a la leyenda sobre el pórtico de la iglesia... vamos padre, por favor, no me irá usted a decir que cree en esas historias.

Hijo mío, yo sólo creo en Dios Todopoderoso, y como buen Arqueólogo, deberías saber que toda leyenda, tiene su poso de verdad. Cierto es, que analizar con nuestros ojos, lo que hace más de mil años vieron otras personas, es bastante complicado, pero podemos sacar conclusiones.

¿Qué tenemos aquí una puerta del infierno?, por favor. Toda esa imaginería, y con todo el respeto se lo digo, sabemos que era para aterrorizar al pueblo, y tenerlos dominados.

Querido amigo, en este mundo hay más cosas que las que la razón cree comprender, quizás, y espero que no sea así, algún día te acuerdes de mis palabras, entonces búscame... Vaya, ya hemos llegado.

Pared con la pared trasera del hotel, se estaba abriendo un agujero para cimentar, a unos tres metros de profundidad, un par de obreros, con todo el aspecto de ser magrebíes, empezaban a quitar los plásticos que recubrían una especie de bóveda.

A primera vista, parecía la parte superior de alguna estructura enterrada. José bajó rápidamente y comenzó a escrutar la excavación, comenzó partiendo de la bóveda hacia el extremo más alejado, haciendo círculos concéntricos. Absolutamente nada, ni restos de piedras, ni cerámica, nada.... además, se veía claramente que la tierra que recubría esa estructura, era de composición completamente distinta a la propia del terreno, era un añadido.

Su cara sorprendida topó con la mirada inquisitorial del padre Eufemio, que parecía decirle, ya te lo advertí. Mientras con la mano, le hacía gestos para que se acercase al descubrimiento.

Una cúpula de piedras toscamente talladas, unidas por argamasa, como si de un viejo refugio de pastores, se recortaba ante ellos. Una gran piedra, parecía el único acceso, encima de ella, se podían leer unas inscripciones, en latín y griego... y los sellos reales Visigótico y Bizantino.

No puede ser – exclamó José

Visigodos y bizantinos juntos, es imposible, no hay constancia histórica de esto, fueron enemigos...

¿Siempre? – interrumpió el padre Eufemio. Hay enemigos que deben ser enfrentados por todos, olvidando las diferencias

Padre, por favor, no vuelva con sus historias... estamos ante algo histórico, no supongamos nada.

No supongo nada, sólo leo:

“Año de nuestro señor 525, aquí descansa Cintas Magíster Militum del ejército Visigodo, salvador de la vida del General Belisario, servidor del Emperador de bizancio, Señor de los Creyentes y martillo del mal. Para honrar su memoria, en esta gran victoria, y para que su cuerpo proteja a este mundo, sus restos reposaran aquí, siempre vigilantes al mal.”



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