La Aldea
Hola
Tras mucho tiempo me encanta compartir con vosotros un relato muy especial. es mi primer relato de fantasía.
La historia esta aún bullendo en mi cabeza, pero espero poder ir publicándola a capítulos, no se con que regularidad, pero voy a intentarlo.
El relato ha surgido de una bonita coincidencia, de un giro de acontecimientos, pero aún así, para mí sigue teniendo el mismo espíritu, de un brindis.
Y ahora así, aquí tenéis el primer capítulo:
1.-) UNA
PERDIDA ALDEA
La lluvia empapaba la calle. Varios
días sin parar de llover estaban dejando intransitable las ya complicadas
calles de la aldea.
En esos días, en lo que poco se podía
hacer, recordaba toda mi vida y lo que me había llevado a aquel lugar apartado
de todo y de todos.
Era mi tercer año allí y parecía que
la lluvia se empeñaba en desatar mi lado melancólico, la pequeña habitación que
tenía tampoco ofrecía mucho más, una adusta cama, con una cortina como única intimidad
y un viejo espejo, que devolvía la imagen de un hombre con unos ojos azules
brillantes pero cansados, con una barba entre blanca y gris, cuyo cuerpo había
visto mejores épocas sin estar perdido del todo.
Unos sonidos fuertes en la puerta me
sacaron de mi ensoñación
-Annuvion, se acerca una caravana,
tenemos que ir a la puerta- Mi compañero Joramar, calado hasta los huesos
entraba en mi casa para protegerse y meterme prisa
-No esperábamos ninguna ¿verdad? –
Dije mientras me terminaba de colocar un jubón acolchado de cuero.
-No, es época de lluvias- respondió
Joramar
Me dirigí hacia mi arcón, era el único
objeto que desentonaba en medio de aquella casa pobre, era una caja de madera,
decorada con runas finamente talladas. Al abrirla apareció mi espada, Saringar.
Notaba la mirada de Joramar. Nadie me
había preguntado quién era, nadie me había preguntado nada de mi pasado, solo
les importaba que no daba problemas, que ayudaba como el que más en las
cosechas…y mi pequeña habilidad con la espada que demostré con unos bandidos al
poco tiempo de llegar…
-Annuvion…- Joramar me sacó de mis
pensamientos
-Perdona, ya estoy – Mientras envolvía
a Saringar en un paño para que no se humedeciera y me la colgaba en la cintura.
Me puse mi capa y tras cubrirme con la
capucha y salimos a la lluvia.
Una cortina de agua limitó mi campo de
visión, mis pies se hundían en el barro hasta más allá de los tobillos haciendo
casi imposible andar, pero paso a paso, llegamos a la puerta.
Allí estaban el alcalde junto con uno
de sus hijos, buena gente pero corta de miras, además estaban Endhem el herrero
con su maza colgando sobre sus brazos desnudos, impertérrito ante la lluvia y
sobre la empalizada, como no podía ser de otra manera, Elohinor, el medio elfo,
mirando a través de la lluvia.
-Vienen 2 filas de 3 caballos seguidos
por dos carruajes y más caballos detrás – dijo con su melodiosa voz.
- ¡Mierda!- Gritó
-¡Por las podridas tetas de la Diosa
de la muerte! – Son soldados de la Orden de la LLama.
-Corre a esconderte – le dijimos todos
La Llama, era una orden militar
extremista, formada por radicales humanos que despreciaban cualquier forma de
vida que consideraban aberrante. Había tenido mucho éxito entre los jóvenes
nobles, que cuando no tenían guerras que pelear encontraban diversión en
perseguir a presas fáciles. Yo los conocía demasiado bien, sabía sus
atrocidades y sus locuras.
Cogí del brazo a Elohinor y le miré a
los ojos, quizás era el único con el que había tenido un atisbo de amistad. No
hizo falta decir más, asintió y corrió flotando sobre el barro con la ligereza
típica de su raza.
-Abran las puertas a los soldados de
la Llama- Gritó una voz con desprecio y autoridad.
- ¿Qué motivo y cuánto tiempo les trae
a esta aldea? – Dijo un tembloroso alcalde.
- El motivo es solo cosa nuestra,
abran la puerta…¿o tiene algo que temer de nosotros?- la voz dijo con sorna
Todos me miraron y asentí. Me puse a
un lado y me tapé aún más con la capucha.
Al abrir la puerta los caballos
entraron rápidamente creando un espacio alrededor de los dos carruajes. Conté
doce caballeros más el capitán.
- Alojamiento para esta noche, un
lugar seco, la posada estaría bien. Además, necesitamos un herrero que repare
una de las ruedas de los carros de los prisioneros. - Impuso el capitán.
- Nuestra posada es humilde y en época
de lluvias no acostumbra a recibir visitantes, pero estaremos encantados de
hospedarlos en ella- Dijo el alcalde, que además era el posadero y empezaba a
ver una ganancia inesperada de dinero.
-Este es Endhem, nuestro herrero- dijo
el alcalde. Él les podrá ayudar.
-Tú y tú, llevad los carros a la
herrería, el resto conmigo – dijo el capitán y nos llenó de barro al pasar
mirándonos con desprecio a Joramar y a mí.
Llegué lentamente a mi casa, me quité
la capa e hice algo que no había hecho en mucho tiempo. Me dirigí a la
habitación y abrí un falso fondo del armario, donde había unas pocas monedas a
modo de señuelo, pero, detrás, retirando unas maderas se encontraba mi lugar
secreto, mi pasado. Allí reverencialmente escondí a Saringar, sacando una copia
de mucho menor calidad.
Sé que no debía mantenerla, pero era
de lo poco de mi pasado que no quería ocultar, Saringar era una vieja amiga
fiel. Jamás me había fallado, jamás me había abandonado.
Oculté todo de nuevo, intentando no
dejar pruebas y que el cebo siguiera en su sitio, mientras me disponía a pasar
otro día encerrado cuando la puerta de mi casa volvió a abrirse
-Tienes que venir – Era Endhem, su
cara, normalmente inexpresiva, reflejaba el miedo.
Me volví a poner la capa y le seguí a
la lluvia.
Cuando llegamos a la herrería, uno de
los carros ya tenía desmontados los ejes, pero no se paró en él, entramos a la
fragua, allí, en el centro de la mesa me mostró algo.
-¿Tú sabes lo que es verdad? – Me dijo
mirándome fijamente.
-Son grilletes de Duramandio- Dije con pavor.
El Duramandio era un metal que
absorvía la fuerza vital de cualquier ser vivo, dejándolo en un estado de
semiinconsciencia que podía provocar la muerte.
-Aquí hay algo muy gordo – Me dijo
Endhem, descubriendo la mesa de al lado donde había 6 más.
- Me están pidiendo que revise las
cadenas de metal, pero me preocupa que están llevando- Dijo Endhem.
- No llevan a nadie aún, si no, no te
habrían dado las cadenas- Dije yo. Así que revísalas con cuidado y que se vayan
pronto.
Algo iba a ocurrir, pero no quería
saberlo, la Orden de la Llama era problemas, siempre, a todos, humanos y no
humanos. Bajo su fachada extremista era como cualquier asociación, un grupo de
gente con su propia agenda y un propósito… su único beneficio.
Los dardos del pasado me seguían
buscando, de aquella lucha, que me destrozó,
salí cuerdo y vivo por muy poco. Ese pozo era oscuro y profundo y no quería ni
me atrevía a abrirlo.
Un movimiento me sorprendió, Endhem
levantó las manos en señal de paz y apareció Elohinor entre las sombras.
- Te necesito- Dijo clavándome sus
ojos almendrados.
Esa mirada la conocía, es la
desesperación.
-Elohinor, yo…- Intenté decir.
-Se lo doloroso que es, pero no
tardarán en encontrarte si han llegado hasta aquí- Enfatizó Elohinor.
-Van a S’haila- Dejó la frase en el
aire…como una tormenta a punto de descargar.
S’haila era un pequeño pueblo oculto
en las montañas, un lugar de paz donde…
- ¿Ella está allí ahora? – pregunté
sabiendo la respuesta
Su mirada me lo dijo todo.
Media hora después abandonábamos la
aldea al amparo de la noche corriendo bajo la lluvia.
Bueno...bueno...nos has dejado con saber quién es ella y más de la historia. 😚😊
ResponderEliminarPoco a poco, juntos lo descubriremos
EliminarMuy bien! Me ha encantado… con ganas de seguir leyendo esta historia 😊
EliminarGracias Teresa, espero que la continuación esté a la altura
EliminarMe encanta. Con muchísimas ganas del siguiente capítulo. Tu manera de redactar me transporta.
EliminarMuchísimas gracias
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