Una habitación de hotel
Me incorporé de la cama.
Esos despertares que no sabes ni
que hora es y te encuentras descolocado, durante unos segundos intentas centrar
la realidad.
Y te vi a mi lado. Tu cuerpo enredado
en la sábana, tu pelo alborotado, la sensual estampa de tu espalda descubierta
un poco por la sábana.
Se ha escrito mucho, pero no hay
mirada más bonita que la que se hace a una persona cuando duerme. Tu cuerpo absolutamente
relajado solamente podía reflejar parte de la belleza que muestras en
movimiento, pero aún así me hacía sentirme feliz por tenerte a mi lado.
Pude ver, un poco más
acostumbrado a la penumbra, las marcas que te produje por la noche, algún surco
en la espalda, un ligero enrojecimiento en tus nalgas, la marca de las esposas
en tus manos…
Y sí yo comenzaba a sentir lo
mismo, el picor en la espalda de tus uñas, la marca tus dientes en mis glúteos
y…si…aún tenía tu sabor en mi.
Pero algo más llamó mi atención,
era como si mis sentidos fueran conectándose por partes, realizando un
encendido selectivo. Empecé a notar algo frío rozando en mi pierna. Era un
plug, tu plug, no, más bien, ahora era nuestro plug.
Sonreí recordando el juego.
-Ya te dije que te iba a gustar.—Tu
voz, aun tomada por el sueño, me hizo volver a mirarte.
Y ahí estabas, girada mirándome,
tus ojos aún con sueño mostraban la mirada pícara que me enciende, tu boca me
sonreía, tus senos me miraban desafiantes, recordándome lo que disfruté con
ellos.
-Por cierto, buenos días.—Dijiste
acompañándolo de un pequeño bostezo que hizo que tu educación de niña buena te
llevara a taparte la boca y poner cara de compungida.
Yo me giré para mirarte, imitando
tu postura girada.
-Buenos días.—Dije mirándote fijamente
a los ojos.
Fue sólo un segundo solo, en el
que nuestros ojos se dijeron más de lo que las palabras son capaces de expresar.
Tu sonrisa, tierna y provocadora a la vez, fue la respuesta que esperaba.
-Voy a darme una ducha. No
tardes.—Dije mientras me levantaba de la cama, entreteniéndome en que vieras
todo mi cuerpo.
Entré en la ducha y comencé a dejar
caer el agua para alcanzar la temperatura, odio el agua fría.
Pronto noté tu cuerpo abrazándome
por la espalda, dándome besos en el cuello mientras tus manos recorrían mi
pecho y bajaban hasta llegar a mi sexo.
-Vaya veo que sigues alegrándote
de verme.—Dijiste mientras comenzabas a tocarme suavemente.
Y dio igual las pocas horas de
sueño, nuestro morbo volvió a ganar la partida.
Y esa habitación quedó como testigo
de que la imaginación no ha de tener límites ni tabús.
Comentarios
Publicar un comentario