El tren
El tren navegaba sobre las vías.
Era el típico tren de película, con asientos un poco
incómodos, de madera, con sus compartimentos para 4 ó 6 personas, de los que te
obligan a hablar, ya sea con los ancianos que van del pueblo a ver a su familia
en Madrid y llevan comida para un regimiento, hasta la familia con los niños
escaladores y nerviosos.
Sí, esos vagones que tienen la parte de arriba para colocar
equipaje.
Sí, esos vagones donde el olor de la caldera de carbón queda
mezclado con los distintos olores corporales y de colonia.
Esos vagones en los que apoyas la cabeza en la ventana y ves
el paisaje volar, como metáfora del tiempo. Esos viajes en los que tienes
tiempo para pensar, para soñar…
En uno de esos vagones estaba yo, sólo, disfrutando del
viaje, perdido en mis pensamientos, en mis recuerdos, en mis sueños, en mis
pasiones, anhelos y tristezas.
Cuando la vi pasar por la puerta.
Toda una dama, con su sombrero, su vestido Victoriano,
incluso su paraguas a juego.
Era la expresión de la belleza en un segundo, tez blanca,
unos ligeros bucles de pelo salían rebeldes por el sombrero, una gracia natural
al andar y un aroma a flores de campo en primavera.
Arrastrado por una incontenible necesidad, cogí mi sombrero
y me levanté, necesitaba saber más de ella.
Y al asomarme a la puerta no me extrañó el séquito de
hombres que como yo se asomaban a los vagones y en procesión la seguían. Me
pareció lo más normal unirme.
Los compartimentos pasaban y más y más hombres se unían, en
mi cabeza había una niebla, parecía que pensamientos querían surgir, pero
quedaban perdidos. Miraba a la derecha y la izquierda y rostros embobados y
perdidos me sonreían, felices, extasiados, suponía que el mío debía ser similar
y no me importaba.
La procesión continuaba, ¿tan largo es un tren?.
Se lo pregunté al maquinista, un hombre mayor con su uniforme
a mi lado y me sonrió y yo le devolví la sonrisa, que persona más simpática.
Llegamos a una estancia, parecía un salón de un castillo,
inmenso, alto que no se divisaba el techo. Se encontraba en una ligera penumbra
iluminado por antorchas en algunas columnas.
Frente a nosotros, sobre unas escaleras un trono, en él, con
el pelo suelto y un traje completamente distinto se hallaba la dama de mis
desvelos, una inmensa sensación de alegría se apoderó de mí.
Junto a ella, más mujeres estaban sentadas a un nivel más
bajo. Todas nos miraban y sonreían mientras nos señalaban y cada vez que una
miraba se clavaba en mi sentía una felicidad plena.
La niebla en mi mente no hacía más que crecer, pero quien
quería preocuparse por nieblas si cada vez que esos ojos se posaban en mi
sentía una felicidad plena.
Por eso no me sorprendió nada sentirla a mi lado, ver como
me tocaba la cara y pronunciaba mi nombre
-
Hola Tobías
Sólo pude sonreír
A la vez que la niebla se hacía más grande y notaba un
mordisco en mi cuello
¿Pero qué es eso comparado con esta felicidad?
Esa mirada que nos hiela la sangre y nos calienta el corazón.
ResponderEliminarMe encanta la historia y su onírico misterio.
Beso
Muchísimas gracias...
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