Piratas

 

Sentía la suave brisa del mar en la cara

Conforme la velocidad aumentaba y sus compañeros seguían bogando la expectación crecía. La distancia con el barco se acortaba, aún no eran capaces de saber que tipo de barco era, pero por como se acercaban y lo lento que era debía ser un barco de mercaderes.

Miró al capitán como murmuraba una oración, seguramente a Poseidón para que el mar siguiera así, sin viento y seguir recortando con los remos.

Eran una chusma de lo más variopinta, desertores Atenienses, Focenses, incluso tenían un par de fenicios y un egipcio cariacontecido y todos ellos dirigidos por un capitán de la Magna Siracusa.

Él no se sentía de ningún sitio, su madre dio a luz en un barco y después fueron asaltados por piratas, para ser posteriormente vendido como esclavo y pasar por varios amos, hasta que en un abordaje al barco donde iba de remero se puso de parte los asaltantes y pasó a ser parte de ellos.

Una vida donde no había más código que la supervivencia, mayor éxito que pasar al día siguiente y ningún Dios más que el hierro de su espada.

Más rápido hijos de perra – Bramaba el capitán reclamándoles un esfuerzo

Un silbido pasó cerca y un gruñido cerca suyo le confirmó que estaban empezando a caer flechas, la presa se iba a vender cara, pero eso en el fondo era bueno, a más tocarían en el reparto.

¡Preparadoooooos! – Bramó el capitán

Era la señal de que en breve embestirían con el espolón

Un gran crujido se escuchó, aun sujeto al remo saltó de su banco y rodando aturdido se levantó.

El egipcio y uno de los atenienses estaban muertos con varias flechas

Varios más se comenzaban a incorporar.

El capitán se dirigía hacía el otro barco cuando aparecieron cuatro hoplitas cerrando el camino.

Cerraron formación juntando escudos y con sus lanzas evitaban que el capitán avanzase.

Debían de ser mercenarios contratados también.

Los fenicios, arteros, ya estaban preparándose para subir el palo y saltar desde arriba hacia ellos, cuando dos flechas se clavaron sobre ellos haciéndolos caer.

La cosa empezaba a torcerse, la presa comenzaba a convertirse en cazador.

Decidió tomarse las cosas con calma, que fueran otros los que se lanzaran al ataque, fintando desde atrás observó la situación.

Como un bloque de piedra los hoplitas no dejaban que nadie asaltara el barco, desde detrás de ellos, un par de arqueros disparaban con tranquilidad a quien consideraban una amenaza. Y agrupados en un extremo los comerciantes se alejaban de la batalla.

Sin pensarlo, se lanzó al agua.

Los gritos de cobarde de algunos de sus compañeros, las maldiciones, se perdieron conforme el agua silenciaba todo.

Tenía claro que debía hacer, buceó por debajo del barco para aparecer por el lado contrario del barco embestido. Muy lentamente emergió sin hacer ruido y comenzó a subir por la borda con su pequeña espada apretada firmemente en la boca.

Se encaramó silencioso, observó a los mercadores, con sus ricas ropas, sus collares de oro y no pudo evitar sonreír.

Luego vino la sorpresa, una flecha había aparecido en su pecho.

La sonrisa se tornó en sorpresa y la sorpresa en la nada mientras caía al mar.

Una vida nacida del mar, perdida por la mar, vivida en la mar, que volvía a la mar.


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