Ojalá
La miró con esa mirada desafiante que tiene el reo
consciente de su ejecución y que ya no tiene nada que perder.
La miró con la pasión de quien defiende la verdad.
La miró y levantándose de la silla le dijo.
“Ojalá pudiéramos olvidarnos de quienes somos, ojalá yo
dejará de ser quien soy y usted ser quien es. Ojalá por unas horas, por un día,
pudiéramos ser nosotros sin ser quienes nos hacen ser.”
-
Los ojos se tornaban vidriosos mientras
continuaba su alegato.
“Ojalá fuéramos valientes para cruzar la frontera entre el
bien y el mal, ojalá fuéramos unos locos y no le temiéramos a las
consecuencias, ojalá fuéramos jóvenes y tuviéramos la vida por delante. Ojalá…”
-
Y dejó esa frase flotando.
Sin decir más, sin dedicarle una última mirada se fue.
Abandonó el lugar, dejando un agujero negro de vacío por todo su recorrido.
Ella sintió la soledad, como un mazazo, como un golpe seco
en cada partícula de su cuerpo. También sintió la realidad, atenazando esas
mismas moléculas, desgarrándolas a nivel infinitesimal.
Pero también sintió la necesidad, el hambre, la certeza de
que no todo había terminado aun habiendo llegado a su final.
Terminó de saborear su té, intentó aspirar las últimas
trazas del paso de él y se declaró adicta.
Adicta a su voz, a su caballerosidad, a su peligro y a su
bondad, adicta a sus ojos y sus gestos, a su personalidad.
Mientras él, recorría las calles sin rumbo. Había salido en
tromba del café, los carruajes pasaban a su lado y los esquivaba mecánicamente.
Caminaba para huir de sus pensamientos, para huir de él, de ella. Sólo
concentrarse en dar un paso tras otro, le permitía tener a ralla a los
pensamientos que se agolpaban en su cabeza.
Había sido un esfuerzo supremo, pero le había dejado
exhausto. Sabía que si volvía a coincidir con ella no podría evitarlo.
Sentía que arriba en los cielos, los dioses se reían de él,
de ellos. Que parecía que les encantaba hacer piruetas con las personas,
disponerlas en un tablero de juegos y desordenar las piezas para que nadie
encontrara el sentido.
Sin darse cuenta sus pies le habían llevado a un cuartel, la
gran picadora siempre necesitaba carne nueva.
Estudios, experiencia, le sirvieron para conseguir un puesto
de oficial.
Ahora en la cubierta de un barco surcaba el mar, a un
territorio del cual no quería saber el nombre, para luchar por no sabía que
afrenta, aunque el tenía claro que su lucha la llevaba consigo y se llamaba
ojalá.
Precioso escrito. Vuelta a los Ados del pasado, a una época sin tanta polución como la actual pero con las mismas limitaciones en el sentido de la responsabilidad que las personas se marcan.
ResponderEliminarLa vida, las situaciones, los problemas, son los mismas independientemente de la época, sólo se afrontan desde otro punto de vista. Me alegra te haya gustado
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